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Con el inicio de conversaciones políticas de pacificación y en el marco de una tregua permanente declarada hace cuatro meses, se abre uno de los momentos históricos más esperanzadores del conflicto entre el Estado Español y el nacionalismo radical abertzale. Por consiguiente, la cercanía irreversible de unos próximos acuerdos de paz hace que nos brote con fuerza la preocupación por la resolución del conflicto por la vía de la reconciliación, asentada ésta en el recuerdo y en la memoria crítica con lo ocurrido para que nunca más vuelva a repetirse.
Porqué hoy, y en razón de nuestro pasado, resurge algo que parecía superado: la mentalidad de las dos Españas; por un lado una izquierda idealista, incompetente e incapaz de los gloriosos y eternos valores de la patria, y por otro lado, la otra España, formada por unos reaccionarios extremos dispuestos a retrocedernos a los tiempos del franquismo; un negro periodo para recordar que después de 40 años de dictadura franquista, hubo quienes en un acto de generosidad, ellos fueron nuestros mayores, supieron perdonar el daño y el sufrimiento causado por pertenecer al mundo de los vencidos y a pesar de las injusticias que padecieron, nos hicieron prevalecer, por encima de todo, la importancia del valor de la convivencia ciudadana. Porque después de 40 años de represión, hubo quienes supieron sentarse y dialogar con los mismos que apoyaron aquel régimen de terror siendo en algunos casos cómplices de unas actuaciones que aún arrancan lágrimas a quienes las vivimos. ¿Acaso habríamos conseguido el modelo de convivencia democrática que hoy disfrutamos si una parte de los ciudadanos hubiésemos exigido justicia para sus perseguidos, represaliados y fusilados?. Muchos, muchos crímenes cometidos quedaron impunes, pero ello no fue obstáculo para negociar un modelo constitucional donde nadie más fuera perseguido y encarcelado por sus ideas. Porque gracias a la negociación y a la generosidad por hacer un sitio a “los otros” y por que aceptamos las imperfecciones y las limitaciones de nuestra condición humana, logramos una democracia.
Pues hoy, después también de 40 años de conflictos destructivos y con el resultado de la descomposición de las relaciones de convivencia ciudadana en el País Vasco, hay quienes en un intento de acabar con tanta barbarie, también están dispuestos a sentarse con quienes sólo han defendido sus aspiraciones políticas mediante la imposición de las armas. Después de 40 años, de extorsión, torturas y tiros en la nuca hay quienes no están dispuestos a aprovechar la oportunidad de dialogar con quienes están dispuestos a sustituir las armas por la reflexión, el análisis y el debate, para buscar la solución definitiva del problema vasco, recuperando así la normalización de las relaciones sociales. Después de 40 años de terror, y donde la violencia no está quedando impune, aún y así se ponen demasiados obstáculos para conseguir los mismos propósitos mediante el dialogo político y sin exclusiones.
No es el momento del resentimiento, de la rendición de nadie ni de la claudicación. Es la hora del acuerdo, de la reconciliación y de la paz. Es el momento de unirnos para honrar a las víctimas en su rehabilitación, con nuestro mayor reconocimiento y en su dignificación. Basta ya de tanta utilización y manipulación del sufrimiento de las familias para el uso partidista de los políticos. Es la hora, más que nunca, de trabajar para lograr una sociedad saludable, donde prevalezca el respeto a la dignidad humana y la aceptación de lo que nos diferencia, es la hora de la realidad de un futuro en paz.
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